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Ernesto Soltero

Sobre el Socialismo, y la falsa Igualdad de las Izquierdas














Ernesto Soltero





Fascismo y Socialismo no son enemigos. Son hermanos que se odian
Carlos Rangel
















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  Creo en el libre mercado, es decir, el libre intercambio de bienes y servicios entre la gente, sin intervención del Estado. Rechazo al socialismo, es decir, el control total (o al menos en gran medida) del Estado sobre la industria y el comercio. No obstante, y contrariamente a la opinión de muchos de mis compañeros liberales, detesto ser catalogado como “capitalista” o “derechista”, pues, son etiquetas vagas, cuyo significado ha sido distorsionado. Las expresiones “capitalismo” y “derecha” se utilizan, indiscriminadamente, para englobar posturas económicas y políticas irreconciliables.   

 Cuando un liberal es llamado “derechista” está siendo equiparado a fascistas, nazis y conservadores. El liberalismo es tan contrario a esas ideologías como lo es al socialismo. Dividir el espectro político en izquierdas o derechas resulta impreciso. Más exacta resulta la división entre liberalismo y totalitarismo, con todas las variantes que pueden existir en el medio.  Por lo demás, el fascismo y el socialismo tienen más en común de lo que la gente piensa. No son en realidad “contrarios ideológicos”.

El Fascismo es de izquierda (por eso apesta tanto)

 Quién se lea la historia del fascismo sabrá lo que muchos quisieran ignorar: que el origen del fascismo está en el socialismo. Fue del partido socialista italiano de donde expulsaron a Benito Mussolini, y aunque se le acusa de haber traicionado sus ideales, muchas cosas heredó el dictador de su ideología anterior, como por ejemplo, su deseo de controlarlo y vigilarlo todo, como si los seres humanos fuésemos un rebaño.

 Tanto el fascismo como el socialismo se caracterizan por la excesiva intervención del Estado en la vida del individuo. En ambos sistemas, quienes administran el gobierno creen saber que es lo mejor para sus ciudadanos, y por ende, se sienten con derecho a decidir por ellos, pues, desde su punto de vista, somos incapaces de gobernarnos a nosotros mismos. Con ello justifican su vigilancia y su represión policial.

 A diferencia del socialismo, en el fascismo existe la propiedad privada. Pero esta está subordinada a los intereses del Estado (el cual supuestamente representa al colectivo o nación, pero en realidad representa al caudillo). Los comerciantes compran y venden a los precios que el Estado pide. Los industriales fabrican lo que el gobierno quiere. Al final, la intervención de ambos regímenes es casi la misma. El fascismo es el control total, pero indirecto, de la industria y el comercio.

Aparte de ello, el fascismo tiene un discurso belicista, el cual, a juicio de los izquierdistas, nada tiene que ver el marxismo. No obstante, cuando Marx hablaba de “Lucha de clases” no estaba precisamente hablando de un torneo deportivo. La otra diferencia clave, en teoría, es la supuesta igualdad presente en el socialismo, contraria a la verticalidad del fascismo. Tal igualdad no ha existido nunca en ningún régimen socialista. La clase política, la élite, se convirtió en la nueva aristocracia. La igualdad de clases sólo existía para el pueblo, es decir, una clase inferior a los gobernantes.

Los liberales y la Igualdad

 Es el tema de la igualdad, entonces, lo que supuestamente caracteriza al izquierdismo. Los marxistas proponen eliminar las clases sociales, expropiar a los ricos y dárselo todo al Estado. Según los marxistas, durante esa transición hacia la utopía comunista, los obreros deben imponer una dictadura. Si todo esto suena contradictorio, más ilógica resulta la idea de que una élite de intelectuales se autodenomine “representante” del proletariado. La igualdad de los marxistas aparece, además, cuando se elimina al enemigo. Esa igualdad no sólo faltó en la práctica, sino también en la teoría.

 Lo cierto es que el marxismo no sólo no acabo con la división entre clases, la acentúo, y la empeoró. Más que un avance fue un retroceso. Las dictaduras de izquierda brindan tanta libertad a sus ciudadanos como la monarquía absoluta, de la cual nos había librado el liberalismo. Durante siglos, la única forma de tener un nivel social alto fue perteneciendo a la nobleza o ganándose el cariño de los aristócratas.

 En la época del antiguo régimen (monarquía absoluta) Los reyes eran reyes porque tenían un derecho (imaginariamente) celestial. En las dictaduras de izquierda hay una nueva nobleza (dirigentes políticos) autodenominada representante de la (sacralizada) clase obrera. Según ese criterio, cuando Fidel Castro come langostas con amigos como García Márquez, es el pueblo cubano quién comparte las langostas con el escritor colombiano…aunque más de una persona en La Habana esté haciendo una cola kilométrica para pedir su ración de arroz.

 Todo esto no es resultado de “una mala aplicación del socialismo”, sino precisamente una consecuencia inevitable de la aplicación de un sistema inviable. Quién diga que en un país socialista hay “más poder para el pueblo” se equivoca. No puede ser poderoso quién depende demasiado del Estado y no puede librarse de esa dependencia.

 Nosotros los liberales no creemos en la eliminación de las clases sociales. Por ello nos colocan a la derecha del espectro político. Pero creemos en otras formas de igualdad, menos utópicas y más realistas, las cuales no han existido en ningún régimen dictatorial de izquierda. Los liberales creemos en la igualdad de derechos y de oportunidades. A la vez, reconocemos diferencias entre los seres humanos: aquellas que nos caracterizan como individuos.

 No todos tenemos las mismas capacidades intelectuales o físicas, pero si el mismo derecho a la libertad, a la vida, a la paz, a la propiedad y al bienestar. El tener mayor capacidad intelectual o física que otros no nos da derecho a oprimir a otros. Por otra parte, el reprimir a quienes tienen esas capacidades, resulta por demás injusto, y utilizar al colectivo para impedir que un individuo sobresalga, es un crimen.          

 En un sistema económico liberal, en donde el Estado no es obstáculo para la iniciativa privada, todos tenemos las mismas oportunidades de crecer. En un sistema liberal hay menos monopolio y más competencia, más empleo. Los emprendedores tienen mayor oportunidad de  crear industrias o de comerciar. Los obreros y profesionales encuentran más opciones de trabajo, y mejores sueldos, pues, no sólo se compite por vender más, sino por contratar personal.

Y en cuanto a la solución socialdemócrata…

  No es precisamente la más indicada. Pues, a pesar de que algunos aspectos del discurso socialista moderado se asemejan al discurso liberal, en la práctica no lo son. Es falso que existan oportunidades para todos en una economía de centro-izquierda, pues, se trata de un modelo en donde el Estado beneficia a un grupo privilegiado y obstaculiza a los pobres mientras le  reparte migajas. Una empresa como PDVSA, por ejemplo, beneficiaría más al país si esta fuera privatizada y se le entregaran acciones a los venezolanos.

 La economía centro-izquierdista, en donde el Estado otorga concesiones a sus amigotes para poder dedicarse a ciertas actividades económicas es quizás mejor que tener todas las empresas estatizadas, pero no por ello es la mejor solución. Los socialistas radicales impiden cualquier tipo de igualdad al estatizarlo todo. Los socialistas moderados ofrecen las mismas igualdades que nosotros los liberales, pero no la cumplen, pues, su modelo no es la libertad total, sino la libertad condicional. El modelo económico de la centro-izquierda, aunque un poco más light, se asemeja también a la monarquía absoluta. Mercantilismo, capitalismo de Estado…el verdadero capitalismo salvaje. Nada de liberalismo económico.
















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